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El Zorro - Isabel Allende




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Lo malo contigo es que eres tan mojigato. Llegaron por docenas, colosales criaturas que susurraban de amor en coro y agitaban el mar con sus apasionados coletazos. Sus chorros salpicaban el barco con una fina y fresca lluvia. Los marineros les dieron algunas lecciones muy principales. Estos talismanes dieron milagrosos resultados y ambos sobrevivieron. En el verde absoluto de la selva brillaban, como prodigiosas pinceladas, aves de plumaje enjoyado y mariposas multicolores. Los chavales retrocedieron deprisa, entre las carcajadas de los nativos. Debido al calor, iban desnudos. Al llegar a su destino, los otros viajeros, entre codazos y risas, los bajaron del bote a empujones.

Los trajes de Diego eran francamente para la risa. Era de corta estatura, enjuto, con las facciones talladas a cuchillo en un rostro curtido por muchos mares.

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Se abrazaba a la cabeza de la doncella de madera y apoyaba los pies en sus pezones. Era un lector incansable, llevaba consigo cajones de libros, que cambiaba por otros en cada puerto. Campxnario las reglas le incomodaban demasiado, les quitaba el cuerpo con disimulo, nunca se rebelaba abiertamente. En ese tema dio muestras de feroz patriotismo: Que yo sepa, joven De la Vega, Dios no se ha pronunciado al respecto. Era de noche y ellos paseaban sobre el puente. El mar estaba calmo y entre los crujidos eternos de la nave se escuchaba con nitidez alucinante la flauta de Bernardo buscando a Rayo en la Noche y a su madre en las estrellas.

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